EL DIFÍCIL ARTE DE CALLARSE

mariposa

Con lo que calificaríamos de nuestra “mejor intención” es frecuente que nos precipitemos aexpresar nuestra opinión y/o a dar consejos que nadie nos ha pedido. Es mi propia experiencia.

En esos casos es habitual que los destinatarios de tales consejos u opiniones, lejos de asentir agradecidos y expresarnos su admiración, que es en el fondo lo que esperamos, se sientan molestos, se pongan a la defensiva e incluso se enfaden.

Por supuesto, esta reacción rara vez nos lleva a retractarnos y a pedir disculpas por la intromisión. Antes al contrario de alguna manera nos indigna y nos impulsa a imponernos y a demostrar con mayor fuerza que tenemos razón.

Ni que decir tiene que esta nueva reacción no dejará indiferente a la otra parte que tenderá a su vez a defenderse y a hacer valer su punto de vista. Si es tímido o le asusta la confrontación se callará pero tomará muy buena nota.

De este modo se crea una dinámica que no hace sino generar sufrimiento no sólo para las personas involucradas sino también para terceros que en principio no están directamente relacionados con el asunto.

Y lo paradójico de ello, es que todo ese sufrimiento es generado por un movimiento que se
hace con la “mejor intención”…

La situación descrita es lo suficientemente frecuente y dolorosa en nuestra vida para que
merezca la pena echar un vistazo a la mecánica que la genera.

¿Qué nos lleva a querer expresar una opinión o dar un consejo que nadie nos ha pedido?

Si observamos con atención podremos darnos cuenta que lo que nos impulsa a dar una
opinión o un consejo no solicitado es una expectativa de placer.  Placer de ayudar a otro, placer de ser reconocido, placer de decir algo interesante,
inteligente, controvertido, placer de hablar para no sentir la incomodidad de estar callado, placer de hablar por el gusto de hablar, placer de poder expresar lo que llevamos dentro, placer por tener razón, placer por ser el que sabe…, por citar algunos ejemplos.

La mente crea una expectativa de placer ante la cual ella misma genera un impulso de acercamiento para conseguirlo. Este impulso, al que llamaremos “reacción”, nos compele a realizar ciegamente la acción que contiene la promesa de placer, sin tener en cuenta las
consecuencias o a pesar de las mismas.

La reacción surge de manera automática, muy rápido. De manera que cuando venimos a darnos cuenta, si es que nos damos, la reacción ya se ha producido.

El problema con las reacciones, con ésta y con todas, es que SIEMPRE causan sufrimiento. Mayor o menor. Ahora o luego. Para mí o para los demás. Esta es una Ley que siempre se cumple. Puedes comprobarlo por ti mismo.

Por eso si queremos eliminar, o al menos reducir, el sufrimiento de nuestra vida no tenemos otra opción que aprender a no reaccionar.

Pero esto debe entenderse bien. “No reaccionar” no significa solo “aguantar” el impulso sino a la vez, y esto es lo más importante, abrirnos sin reservas a sentir las sensaciones que en ese momento están presentes en nuestro cuerpo, que es lo que tratamos de evitar. Esto no es una tarea fácil. La atención no se sostiene en la sensación y casi de inmediato salta a la mente, con lo que se retroalimenta el impulso de reacción.

De modo que en nuestros intentos por no reaccionar nos encontraremos fallando una y otra vez. Es absolutamente normal. No debemos desanimarnos. Al contrario hay que seguir intentándolo una y otra vez, sin descanso.

La fuerza para sostener el impulso la encontraremos en la comprensión de que sea cual sea la sensación que estamos sintiendo, y que pretendemos evitar, ésta cambiará. Esta es la clave: la confianza en la constatación de la impermanecia y del continuo cambio de todo lo que sucede. Esta es una Ley que siempre se cumple y que debemos comprobar por nosotros mismos. Verdaderamente nos ayudará.

El proceso suele ser el siguiente: partimos de no ver ningún problema en nuestras acciones (en este caso, en el hecho de dar un consejo o una opinión, nos la hayan solicitado o no). Nos parece correcto. Incluso positivo.

De repente empezamos a tomar consciencia de que esas acciones, en principio tan inocuas, nos llevan al sufrimiento. Es el momento en el que decidimos intentar “no reaccionar” pero constatamos que siempre llegamos tarde, que cuando venimos a darnos cuenta, ya hemos
reaccionado… Nos damos cuenta a “toro pasado”. Pero aunque pudiéramos pensar lo contrario, esto supone ya un gran paso.

El siguiente paso será el darnos cuenta de que vamos a reaccionar antes de que la reacción se produzca, aunque nos resulte imposible sostener el impulso y reaccionemos de todos modos. En este estadio nos parecerá dificilísimo, si no imposible, dejar de reaccionar alguna
vez. .

Sin embargo, si persistimos, cada vez será mayor nuestra capacidad de no reaccionar y de permanecer abiertos y sin resistencia a lo que la vida vaya trayendo en cada instante, sin necesidad de cambiar nada. Cada vez serán más frecuentes las ocasiones en las que no reaccionaremos. Comprobaremos entonces por nosotros mismos la cantidad de sufrimiento que el “no reaccionar” nos evita.

El fin del proceso llegará cuando, de manera estable y permanente, el “reaccionar” o “no reaccionar” deje verdaderamente de ser un asunto y uno lleve sin resistirse, o dicho de otro modo con inconsciente aceptación, lo que sucede en cada momento, sea lo que sea.

Esta aceptación total no es muy frecuente, la mayoría nos quedamos en algún punto intermedio. Pero incluso así, la transformación que se produce en nuestra vida, y en la de los demás, es enorme. Cada vez que no reaccionamos, aunque sea en la más insignificante de las situaciones, evitamos que continúe o se genere la cadena reactiva que sin duda alguna ha sido y será la causante del sufrimiento del mundo.

La práctica de la meditación será nuestro mejor aliado en la exigente y a la vez maravillosatarea de desactivar o al menos debilitar el hábito de reaccionar, mostrándonos las mecánicas de la mente y proporcionándonos el entrenamiento necesario para que nuestra atención pueda más y más sostenerse en lo que acontece en el momento presente.

De manera que nuestro sincero compromiso con nuestro crecimiento personal es el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos y a los demás. Y volviendo al caso de la mariposa y el gusano que ha motivado toda esta reflexión… me viene a la mente la antigua regla zen que nos advierte que “no debemos responder hasta que se nos pregunte tres veces”.

Avisados estamos.
-Conchita Curiel

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