¿ES POR MI CULPA?

Diapositiva1

Hace unos días leí en El País del 16 de Abril una noticia que decía lo siguiente:

“La mitad de los pacientes de glaucoma no cumplen adecuadamente el tratamiento”.

El glaucoma es una enfermedad gravísima de la vista, principal causa de ceguera en los países industrializados. Sin embargo su progresión es prevenible y con un buen tratamiento el paciente puede llegar al final de sus días manteniendo la visión. El asunto me concierne directamente porque mi madre, al igual que otros miembros de mi familia, tiene glaucoma.

Hay varios tratamientos pero el más común y el que sigue mi madre es ponerse TODOS los días unas gotas en los ojos. Es simple pero no se puede olvidar. Si se olvida puede ser fatal. Es decir, si el tratamiento no se sigue correctamente te puedes quedar ciego. Punto.

A mi me viene maravillando que a mi madre no se le olvide nunca ponerse las gotas. Y se lo digo. Y ella pone el grito en el cielo: “¡¡cómo se me va a olvidar!!”.

En general a mi madre no se le olvidan las cosas, ni esta ni otras. Y como a ella no se le olvidan, lógicamente no le entra en la cabeza que a otros, como a mí por ejemplo, a menudo se nos olviden o no nos demos cuenta de cosas que unas veces no tienen consecuencias pero otras sí que las tienen y son o pueden ser, o al menos eso parece, graves.

Ni que decir tiene que mi madre, como es lógico y natural, tiene juicios severos sobre esto. Piensa que no tenemos interés, que somos egoístas, despreocupados, perezosos, peligros públicos o simplemente que no nos da la gana de acordarnos o darnos cuenta.

Este asunto que pudiera parecer anecdótico, y que sin duda lo es desde muchos puntos de vista, tiene para mí una gran relevancia porque me invita a seguir investigando una cuestión que me parece esencial.

El pensamiento que dice “acuérdate de ponerte las gotas” o “ahora tengo que ponerme las gotas” o “vaya, casi se me olvida ponerme las gotas” o el que sea ¿lo mete mi madre a voluntad en su cabeza o simplemente le aparece?.

Surge además otra pregunta: ¿basta con que aparezca cualquiera de esos pensamientos, o los que en su caso sean, para que la acción que prescriben, en este caso “ponerse las gotas”, se realice? o ¿aún apareciendo el pensamiento, la acción, por la razón que sea, a veces no llega a realizarse?

Por supuesto mi madre, a quien esas preguntas pondrían de los nervios si se las hicieran (de lo cual yo de momento, gracias a dios, me abstengo), contestaría airada que es ellaquien se acuerda y que cómo se le va a olvidar ponerse las gotas y que los que no se acuerdan será que les importa un pito quedarse ciegos.

Con esta convicción de que está bajo su control el ponerse las gotas cada día, confirmada por el hecho de ponérselas, la sensación que tiene mi madre y que yo conozco de primera mano porque a veces también la tengo, más que de agrado, que por supuesto también, es de auto rotundidad. Una tiene que controlar y controla, faltaría más.

De modo que a la natural satisfacción de hacer las cosas bien, de acordarse de lo que una tiene que acordarse, de ser responsable etc… se añade el orgullo secreto de haberlo hecho “yo”.

Sin embargo otro gallo canta a esa mitad de enfermos de glaucoma que dice el periódico que se quedan ciegos porque no se acuerdan de ponerse las gotas. Ellos, por la misma razón que mi madre dice lo que dice, probablemente dirán o se dirán con horror algo así como: “tendría que haberme acordado”, “soy un desastre”, “me lo tengo bien merecido” o lo que sea.

En esa situación no es difícil imaginar que al natural dolor de la dramática consecuencia de su inacción, que es la pérdida de visión, se añada el lacerante dolor que viene de la culpa, de la convicción de que ellos, no sólo pudieron, sino que debieron haberse dado cuenta de lo que no se dieron y hacer lo que no hicieron: ponerse las gotas.

Como veis el meollo de este asunto es que tanto a mi madre como a los pacientes que no se ponen las gotas les pasa lo mismo: que tienen la firmísima convicción y la incuestionable sensación de controlar, de tener en sus manos, o como dice mi maestro “de ser los autores” de los pensamientos que piensan, de las acciones que hacen, de las sensaciones que tienen y de la comprensiones que realizan.

Sin embargo, ellos no son los únicos a quienes esto pasa, a mí también me pasa. Y dejo en vuestras manos la curiosidad de ver si eso os sucede a vosotros también.

Porque una vez que uno constata, por si mismo y en si mismo, la profunda convicción y sensación de poder y tener que controlar y de hecho hacerlo y, además, uno se da cuenta de cómo esa sensación le hace a uno sufrir y le aleja de la tranquilidad, libertad y confianza que con desespero se añora, entonces cabe la posibilidad de que con verdadera curiosidad uno se pregunte: ¿Es cierto que soy yo el que controla?, ¿Es eso verdaderamente cierto?

Que surja esta duda y que con interés y ganas se inicie la investigación es un verdadero y remoto milagro. A muy pocas personas les pasa. Una entre millones, decía mi maestro Ramesh Balsekar.

La práctica de la meditación nos coloca en tribuna de preferencia para realizar esa personal indagación. Con total honestidad os aseguro que merece infinitamente la pena. No sólo porque va aliviar nuestro sufrimiento sino porque en su núcleo se encuentra el misterio mismo de la Vida.

Os deseo la más grande de las suertes.

Un saludo cordial

Conchita Curiel

 

 

Leave a Reply