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APUNTES SOBRE LA PRÁCTICA MEDITATIVA I (3/10)

Nos acercamos a la meditación con la esperanza de sentirnos mejor. Queremos más serenidad, más consciencia, más amor. Queremos crecer y conocernos más. Queremos arreglar aquellos aspectos de nosotros mismos que nos dificultan estar en paz y relacionarnos con los demás de manera satisfactoria. A veces incluso queremos sanar dolencias de carácter físico, psíquico o emocional.

Todo ello es natural. Es humano y legítimo querer crecer y estar bien. Sin embargo, la verdadera práctica de la meditación no tiene nada que ver con esto. Para mejorarnos y arreglar nuestra vida existen multitud de terapias y técnicas, y las hay muy buenas.

La meditación no está ahí para ayudarnos a conseguir nuestros objetivos, aunque indirectamente lo haga. Y tampoco está ahí para mejorar nuestra vida en el sentido que nosotros deseamos, aunque indudablemente la mejore. La práctica no es un proceso terapéutico o una técnica de desarrollo personal. Si estos beneficios se producen, lo cual es casi inevitable si practicamos de manera continuada, mejor que mejor, pero en realidad son «efectos secundarios».

El objetivo último de la meditación va mucho más allá. Lo que esencialmente pretende es producir en nosotros una radical transformación que nos libere definitivamente del sufrimiento.

Sin embargo esta transformación no va a ser en absoluto como esperamos. Os lo aseguro. Esta transformación no va a hacer que nos vaya mejor en el sentido común de la palabra. Ni nos va a proporcionar ningún estado especial de paz o bienestar. Tampoco nos va a mantener a salvo del dolor que inevitablemente trae la vida.

La transformación de la que hablamos es bien diferente. Lo que en verdad supone es una rendición ante la vida. Una desaparición de la resistencia ante lo que sucede. Una aceptación de lo que está presente, de lo que la vida va trayendo en cada instante, sea lo que sea.

Pero lo más importante, y sobre todo lo más difícil de digerir, es que esa aceptación, que inevitablemente la mente traduce de inmediato en un objetivo a conseguir, no puede ser lograda por nosotros. Simplemente sucede.

Esta es una cuestión clave que nos lleva con toda razón a preguntarnos: si no puedo lograrlo ¿para qué practicar?

Dice un antiguo proverbio zen en relación a la paz interior: “Si la buscas, no la encontrarás”. Sin embargo esa misma tradición continúa diciendo: “pero aún así debes buscarla con todas tus fuerzas”.

Ante semejante contradicción no es de extrañar que nuestra mente lógica se quede de nuevo perpleja y desmotivada. Esto será una constante. La práctica meditativa transita caminos que no son de la mente y a menudo presenta insondables paradojas que solo se van deshaciendo desde la más firme determinación de seguir adelante.

Así que paradoja incluida, si sentimos el anhelo de encontrar la paz y hemos comprendido que la meditación puede ayudarnos, debemos practicar. De manera constante y rigurosa. Incluso a pesar de la enorme resistencia que sentiremos a la hora de sentarnos.

Porque el premio es enorme. La práctica continua y perseverante nos permitirá constatar de manera directa y personal que el control que pretendemos tener sobre lo que acontece es completamente ficticio debilitando asi nuestra resistencia a que la vida sea tal y como es. En verdad no hay otra salida del sufrimiento.

Tal comprensión, en absoluto excluye que sigamos teniendo preferencias y objetivos y tampoco disminuye nuestra efectiva determinación a la hora de ir a por ellos, más bien lo contrario: puede que nos sorprenda una mayor eficiencia en nuestro hacer. Lo que simplemente va desapareciendo es el apego a que nuestra expectativa o deseo tenga que cumplirse.

Sin que seamos conscientes de ello, la desesperada necesidad que ahora sentimos de que la vida sea diferente a como es, irá dejando paso a una natural apertura a sentir lo que en cada momento está presente, sea lo que sea.

Esta impersonal y natural apertura a la vida, que lo incluye todo, es la aceptación de la que hablamos. Es la liberación definitiva del sufrimiento y la paz que siempre hemos estado buscando.

-Concepción Curiel

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